77

 

Todas las generaciones tienen algo que las hace especiales, y no digamos para quienes las conforman. Tu identidad, tus valores, tus creencias, parte de tu comportamiento y tu manera de vivir, llevan algo de la añada en la que naciste. La generación del 77 de Pedro Muñoz no escapa a esta tendencia psicosociológica y emocional.

 

 

Porque es cierto que quizás no todos y todas, pero si muchos y muchas, de los nacidos en aquel año, no nos podemos olvidar del resto. Nos recordamos más a menudo de lo que hacemos público, e inclusive de lo que somos conscientes.

 

 

La niñez y la adolescencia no se olvidan y se guardan en la amígdala de nuestro cerebro reptiliano a fuego y a sangre. Es nuestra memoria emocional más cargada de intensidad. Después de esos años, todo se almacena más líquido, más complejo, más volátil, más incierto.

 

 

Los caminos de una generación se bifurcan en el devenir de las personas, pero se construyen en rutas con un imaginario colectivo común. Es cierto que cada vez más, las generaciones se diluyen y olvidan ese común denominador, pero el olvido no implica la desaparición.

 

 

Por otra parte, no todo el mundo puede tener la gracia de mantener entre los suyos y tener cerca, a gran parte de esos compañeros y compañeras de niñez y adolescencia, de generación. Esos amigos y amigas de toda la vida. Yo tengo esa inmensa suerte.

 

 

Volver a mis esencias, no es un camino largo de recorrer para mí, porque el núcleo duro de mi tropa sigue siendo la misma. He incorporado algunas piezas muy valiosas a mi vida desde entonces. Pero ni en mi paso por la política, ni en mi paso por las diferentes universidades, ni en las escuelas de negocios, ni en los trabajos, ni en las decenas de cursos, ni viajes, o en las aventuras varias que he tenido, he encontrado tanta gente buena, como la gente de mi generación, la que me acompaño en el colegio y en el instituto. Personas que al verlas o traerlas a mi presente, me llevan a recuerdos cálidos, amables, tiernos, que me ayudan a invocar un tiempo pasado que me regenera y me da fuerza.

 

 

Sé que ese tiempo ya no mueve molino, pero también sé que ese tiempo, sirve para volver de vez en cuando, a un lugar seguro, porque allí está parte del “yo esencial” y del “yo generativo” de los seres humanos.  

 

Y después de unos días de intensidad familiar y duelo, quiero escribir estas líneas, ya que pude vivir un ratito con esa parte más querida de mi generación.

 

 

Por cierto, una generación que cambio un pueblo. La generación del 77 fue la primera que pudo estudiar en el Instituto local. A mi juicio eso sirvió para abrir el camino, para abrir las mentes de los no elegidos por las circunstancias tradicionalistas. Fue tarea de esta generación, sembrar para enraizar un instituto fuerte, que formará a grandes personas (a la par que grandes profesionales). Antes de nuestra generación, solo estudiaban en el pueblo quienes eran de poderes o quienes, sin serlo, sacrificaban a varias generaciones de toda una familia, para abrirse paso en el mar del conocimiento.

 

 

Nosotros y nosotras, con unas cuantas aulas, con unos cuantos apuntes, sin libros, y con algunos grandes maestros y maestras, nos tiramos a pecho descubierto, para abrazar la solidaridad, compartir la humildad y abrir las ventanas a la luz que separa, el saber, del no saber nada.

 

Y desde esas plantas casi vacías, ya nunca más se dejó de escuchar el eco, de que quien, valiendo, quisiera y no pudiera. Ya nunca más se dejó perder al talento.

 

 

No ha sido fácil para muchos y muchas de quienes hoy están arriba, llegar hasta la cima, pero la grandeza de la lucha es disfrutar en el proceso.

 

 

En ese instituto se acabó con el déficit histórico de talento poco aprovechado en las diferentes áreas del conocimiento en Pedro Muñoz, y se fomentó la pedagogía de la libertad, con esos bachilleres experimentales.

 

 

Creo que nuestra generación, la 77, aprendió a disfrutar de la belleza de lo simple. De la esencia de un magro con tomate y unos litros en el Bar del Montecillo, de la hora del recreo y los bocadillos juguetones de “Ino”, que completaba nuestra formación, con dosis y dosis de filosofía de vida enlatada en humor.

 

 

En estos días pude disfrutar de mis chicas y de mis compañeros de fatigas. Siempre ahí, siempre presentes de una u otra manera antes de tomar una decisión importante. Antes de enfrentar la batalla.

 

 

Ellas, las que siempre serán mis chicas, con esa frescura de quienes parecen beber diariamente de la eterna fuente de la juventud. El mismo brillo en los ojos y la misma sonrisa y carcajada. Estupendas.

 

 

Nosotros más cascados por los malditos ladrones del tiempo, que nos roban día a día, parte de nuestras vidas. Pero igual de guerrilleros, igual de llenos de hambre para cambiar las cosas.

 

 

Recordamos a los que faltaron y a los que ya no están en cuerpo entre nosotros, porque también la generación del 77, aunque pronto, ha tenido bajas. La guerra de la vida no hace prisioneros. El universo también se abrió a una generación total, pero su imaginario colectivo les guarda un hueco, porque, por ejemplo, que sería de nosotros como generación, sin “El Abuelo”.

 

 

Pero como es, en el aquí y en el ahora, en donde transcurre la vida, agradeceros el encuentro (aunque con unas semanas de retraso) y al alza las copas de la revolución.

 

 

 

PD:

Os dejo un video para que amenicéis la lectura. No es que sea yo fans de este tipo de canciones, pero es un anclaje de un Programa de Neuroliderazgo Emocional que curse este verano, y me hizo sentido para un rato como el que pasamos estas navidades.