25 AÑOS. 9 DE SEPTIEMBRE DE 1993. 25 ROSAS ROJAS.

 

8 de septiembre de 1993.

 

 

 

20:00 h.

 

No acostumbraba a ir a los bares a diario a tomar alguna cerveza, porque la economía estaba a esas alturas de fin de verano jodida. Esos días eran los previos a la vendimia y se quedaban en tierra de nadie, pero de vez en cuando, alguna tarde-noche la costumbre era, con algunos amigos ir a tomar un tercio en el Jade.

 

El Jade era para mí y mi gente como una segunda casa, un santuario. Teníamos una relación especial con los dueños Felix y Encarní, y allí ponía música Julián los fines de semana. De de vez en cuanto yo y el resto de la tropa les ayudábamos a montar fiestas. Felix y Encarni, a pesar de los años que naturalmente nos separaban, acababan siendo unos más de la cuadrilla, y alguna que otra aventurilla, tuvimos después con el paso del tiempo. 

 

Esa tarde noche bajamos a beber y a charlar. Las conversaciones no eran metafísicas, ni sobre grandes temas de la humanidad. Se hablaba del verano, de cualquier tema que estuviera candente en la vida de unos adolescentes como nosotros que empezábamos a ver de qué iba esto de la vida, con cierta claridad. Aunque sí que a veces nos poníamos serios y la conversación versaba sobre el futuro, que hacer en el día de mañana, hasta donde llegar y por dónde ir.

 

Recuerdo el frío de la barra en todo mi antebrazo que reposaba sobre ella, era de piedra gris y con puntitos negros. La cerveza fresca y las patatas fritas. La música de fondo era barricada. Julián estaba trabajando ese verano en Madrid, en la construcción con su hermano, su tío, un vecino y su primo (un coche completo) para poderse costearse al siguiente curso una F.P. de Imagen y Sonido. No le gustaba ir todos los días a Madrid en coche (pero no por ese gusto que se asemeja a un deseo o una búsqueda de hedonismo y placer o de lo contrario) sino porque la carretera no le daba buena energía. Acabe la cerveza con él y los demás y salimos del Jade. Nos subimos a las motos.

 

Julián conducía una de esas como de trial (soy muy malo para identificar vehículos) negra y roja,  y cuando Marta su novia, no subía detrás, era yo quien iba de paquete. Ni casco, ni ostias, eran otros tiempos.

 

José cogió su vespino negra, a tras iba Rafa. Gustavo su derbi blanco, a tras iba el otro José, David su vieja vespino azul, que no podía con nadie a las costillas, y subimos a la Ermita. El resto de los amigos nos esperaban allí, era otro de nuestros enclaves, donde el sanedrín al completo charlaba hasta que las horas de recogida de cada uno llegaban, Dani, Pepe, Raul, Rubén, Mauricio, Manolo, Carlos, Angel Luis,  los “Davices”, Victor, Luismi, Eusebio… todos.

 

En la Ermita se cumplió el ritual de esos días, Julián me dejaba para ir a ver a Marta a su casa un ratito antes de acostarse, después volvía, subía su moto al parquecillo de la Ermita y nos daba el saludo de buenas noches y hasta el día siguiente, una despedida rápida, porque el sueño apretaba.

 

No pensé que ese preciso momento, ese preciso instante, ese puto segundo, sería el último en el cual lo vería con vida. No volvería a palpar su presencia física nunca más. Ni se me podía pasar por la mente que eso era ni siquiera plausible, no existía.

 

 

 

 

 

9 de septiembre de 1993.

 

 

 

10:30 h. de la mañana.

 

Después de esas charletas de verano, como en esos días hasta empezar a coger el garrancho, no había que madrugar, pasaba a mi casa tarde, que está al cruzar la calle de la Ermita. Cené una trucha que mi tía Maru me tenía preparada. Abrí la ventana del comedor para que entrara el fresco y me puse a leer.

 

Mi despertar fue inesperado. El teléfono sonó como una llamada cualquiera y la tía Maru lo cogió, el teléfono era uno de esos grises con rueda colgado de la pared. Tras dejar de oír el rin-rin, escuche la voz quebrada de la tía y 2 nombres juntos (y por desgracia no fue la única vez en mi vida que la escena volvió a producirse) … ¡Juan, Julián!, después el silencio.

 

Me levante aturdido porque ninguna neurona de mi cerebro era capaz de conectarse, ni a esa hora, ni por ese motivo. Julián estaba en Madrid trabajando en la obra.

 

Cuando vi los ojos llorosos de la tía y el rostro pálido que tenía, el cuerpo que todavía no había despertado me empezó a temblar, y un pensamiento atravesó fugazmente mi cabeza, un pensamiento en forma de pregunta que no olvidare nunca, y que ya forma parte de mis líneas de memoria… ¿Qué coño está pasando?

 

Cogí el aparato de la mano de la tía, se lo tuve que arrancar, porque lo apretaba con fuerza, quizá era el instinto de protección instantáneo, para que su sobrino no escuchara al interlocutor del otro lado de la llamada.

 

Al otro lado solo escuchaba llantos y balbuceos de palabras. –“¡Que pasa joder!, ¿Quién eres coño?, ¡por Dios tranquilízate que no entiendo una mierda!, empecé a perder el control ... después de unos segundos el interlocutor se tranquilizó un poco y pude identificarlo, era Manolo. Lo que decía era cruel, era hierro puro abrasando entre sollozo y sollozo, entre bocanada de aire y bocanada de aire, ¡Julián se ha matado, Julián está muerto, un accidente, un camión!…

 

Todo se paró. El tiempo se hizo tan relativo que desapareció. Solo estábamos el silencio y yo, y las pocas fuerzas que esa notica dejo en mi cuerpo. Ni un ruido, ni un respiro, todo quieto, inmóvil.

 

La frialdad de la autopsia del momento, mantiene helados, los sonidos y el tacto en mí, es como un lago frio, en el que me caigo al agua una y otra vez al recordarlo. Aquel teléfono sonando inesperadamente a primera hora de la mañana. Aquellos llantos.

 

 

 

En unos segundos reaccioné y en la primera persona en la que pensé fue en Marta, aunque algunas personas nunca me han creído (y quizás nunca me creerán) y no les guardo ningún puñal por ello. He logrado sanar mi vida sobre este particular, pero bien es cierto que no fue fácil al principio.

 

Marta era una más de nosotros. La única más, porque era la única chica que nos acompañaba, si o si en los pasos que dábamos, siempre de la mano de Julián. 

 

Mi cabeza se puso a ordenar los teléfonos para ir avisando a los demás y conseguir que varios pudieran acompañarme a ver al padre de Marta, para saber si había recibido la noticia y si Marta era consciente de lo que había pasado. Después cada uno se encargaría de llamar a otro y otro a otro y la red empezó a funcionar. No había móviles, pero en un pueblo como el nuestro, no hacen falta muchos canales de comunicación para que ese tipo de noticias corran como el fuego en la pólvora.

 

Manolo, David y yo, nos acercamos al video club que regentaba la familia de Marta para ver a su padre. Al llegar se extrañó de vernos allí a esas horas, por lo que tuve claro que no sabía nada de lo que había pasado. Sin anestesia porque éramos unos chavales y gestionar ese tipo de noticias no te lo enseñan en los institutos, ni en tu casa, le dijimos que Julián había muerto en un accidente de tráfico, en la carretera de Corral de Almaguer, yendo al Madrid de las obras, que tan poco le gustaban.

 

La respuesta fue negarnos la mayor. Con el tiempo he aprendido que los seres humanos, cuando se encuentran ante situaciones de este tipo (o de peligro) quedan secuestrados por el cerebro reptiliano, que vigila por nuestra supervivencia y o se enfrenta a la situación o huye. En este caso su actitud fue la negación. Entonces no lo entendí y enseguida buscamos otra alternativa, esperamos a que José saliera del taller y decidimos ir directamente a casa de Marta, no sé si fue la mejor opción. Pero aseguro que fue la que nos salió de un corazón al que no le llegaba casi aire, porque no teníamos aliento.

 

 

 

12:00 h.

 

En aquel tiempo yo salía con una chica, que hoy es una gran amiga, Gloria. Ella y su madre Julia conocían a la familia de Marta y tras llamarla nos llevó en su coche. Solo tengo palabras de agradecimiento para ellas, por ese gesto, para el resto de mis días.

 

Llegamos a casa de Marta, su madre ya tenía información, aunque como todos algo confusa. Nos pidió que no le diéramos la noticia a Marta directamente, que fuéramos delicados y habláramos en términos ambiguos, maldita ambigüedad. La llevo dentro como una punzada en el pecho desde ese día.

 

Así que tuvimos que hablar del accidente, de que no teníamos información de lo sucedido, de que había muertos y vivos, pero no sabíamos nada más al respecto y de que los vivos estaban en el hospital. Malditas mentiras, que aquí dejo claro, solo fueron responsabilidad mía. Luego sus padres trasladaron la realidad a Marta. 

 

 

 

14:00 h.

 

Después nos fuimos a casa a calmar la preocupación de nuestros padres, que estaban nerviosos por sus hijos que andaban por ahí perdidos, enfrentándose a la muerte de un amigo, al que ellos también conocían y querían, y por el que en casa todos juntos en la comida de ese día, lloramos su despedida. Que injusta es la vida.

 

La tía Maru me tenía preparado un poco de caldo y una pechuga a la plancha, con algo de fruta. –“tienes que comer algo, porque estos días van a ser largos, y no puedes desfallecer”.

 

Mis padres me dijeron que respetaban lo que decidiera hacer, pero que no fuera más allá de mis fuerzas, que lo que venía (por la experiencia que los años les había dado) iba a ser muy duro, de impactos imposibles de prever, - “cuídate hijo mío, cuidaros, y hacerlo no solo por vosotros mismos, sino también por él, que os quería, que os apreciaba…”.

 

 

 

16:00 h.

 

Era la hora determinada para que la tropa hiciera acto de presencia en la Ermita para ir a la casa de Julián a presentar nuestras condolencias y a dar el pésame. Los cuerpos no estarían todavía allí, pero si la familia. Tardamos aproximadamente 2 horas en ser capaces de iniciar el camino que va desde ese santuario, hasta la casa donde vivían Julián, Luisan (su hermano) y su madre Luisa. Habíamos estado mil veces allí, pero esta sería diferente.  Un antes y un después marcado de cobre.

 

 

18:00 h.

 

La calle llena de gente, no sabíamos cómo acercarnos, sin tener que ir retirando personas que estaban por el medio. Vimos a los amigos de Luisan, a Fran, a Antonio... Y nos ayudaron a llegar a la puerta, y a ponernos en la fila. No había tanatorio en esa época en el pueblo y los duelos se hacían en las casas. Nos pusimos en la fila y esperamos nuestro turno, eterno el momento, el corazón a miles de revoluciones y latidos, el sudor en las manos, en todo el cuerpo, gélido. El cuerpo sostenido por un hilo y las piernas temblorosas. El abrazo con Luisa y sus palabras “-cuanto te quería, como te apreciaba, cuantas cosas quería hacer contigo y con vosotros…”.

 

Casi no puedo escribir estas líneas.  

 

 

20:00 h.

 

Ya en la calle tocaba esperar, esperar y esperar, no sabía a qué ni a quien… mirando a mi alrededor solo veía las miradas perdida de todos, las lágrimas que aparecían y desaparecían, en un movimiento semiautomático, de seres perdidos, sin sentidos, como si una bomba hubiera caído a nuestro alrededor. 

 

Maribel, la madre de David acudió a dar el pésame y a por nosotros, nos pidió que nos fuéramos, que quizás en la Ermita estaríamos mejor y más tranquilos, sabiendo que el día que venía iba a ser aún más terrible y que íbamos a necesitar fuerzas.

 

Fueron horas de disertaciones, de comentarios que envolvían recuerdos, de vuelta a las lágrimas, de que algunos se cagasen en Dios, en ese que muchos creen, y que  en momentos como este no sana, sino que castiga. De dejar escapar la ira, como válvula de salida de la impotencia, de la incertidumbre, del no saber, y del sentir dolor. Mostar la rabia con la vida.

 

Miradas al cielo, no en busca de nada ni de nadie, ni si quiera de él. Miradas al cielo como infinito más cercano, visto y palpable, que era una metáfora clavada a los días que íbamos a pasar, infinitos y nunca cerrados en paz. Porque no es fácil quebrar el duelo, escribir nuevas páginas, abrir senderos. No es fácil dejar de convivir y tocar, para pasar a recordar.

 

 

00:00 h.

 

Decidimos todos irnos a casa a descansar. Al entrar otra vez en la mía, la tía Maru me tenía preparada la cena, como tantas y tantas veces, como la trucha del día anterior, o los huevos con salchichas del día de antes. Yo no quería cenar, pero la tía me obligo, una tortilla y un poco de jamón de york. –“…Juan cena algo, mañana va a ser un día muy largo y no puedes estar sin alimento en el cuerpo, esta noche no vas a dormir nada, y no puedes estar dando vueltas en la cama con el estómago vacío...¨.

 

Tantas noches había pasado sin dormir, tantas noches habíamos pasado de juerga. Pero en vela como esa ninguna, ni antes, ni después. Fue una noche de enredos de pensamientos, de sentimientos que se encontraban y no sabía hacia donde canalizarlos, es la vela del terror, de la muerte, del saber del fin de la existencia.

 

 

14:00 h.

 

Nos habíamos dado tiempo para vernos al día siguiente, porque algunos amigos que vivían en Madrid todavía no habían llegado al pueblo. Y la consigna era clara, todos a una.

 

A las dos de la tarde habíamos quedado de nuevo en la Ermita, yo creo que, aunque habíamos pensado poco que pasaría en ese 10 de septiembre, ninguno lo teníamos claro, al menos yo no lo tenía.

 

Lo que habría por venir nos marcaria para siempre más si cabe que el día anterior, que ya se nos había marcado con hierro y con fuego en nuestro interior, para el resto de nuestras vidas. Cada uno después ha ido apagando esa quemadura como ha podido, y todas las formas para mi han sido respetables, las respeto, es mi gente y los aprecio.

 

Llego el momento de encarar la calle de la Avenida de la Concordia, hacia la casa de Julián. Llegamos y de nuevo la calle llena, de nuevo los empujones entre lágrimas y sollozos, entre gritos de dolor y voces de rabia.

 

Los amigos de Luisan nos dijeron que habían decidido que los féretros ya en la casa, no fueran en los coches fúnebres, si no que los iban a bajar a hombros al lugar del entierro, si queríamos podíamos hacer lo mismo con Julián, y no dudamos en hacerlo.

 

Los féretros de madera contenían las cajas de cinc donde habían llegado los cuerpos, cosas marcadas por ley. Recuerdo que eran iguales, y que solo una pequeña etiqueta blanca al pie de los mismos, donde tenían su nombre escrito, marcaba la diferencia.

 

Al hombro, rodeado de miles de personas bajamos a nuestro amigo a la plaza, donde se iba a celebrar la misa. Los olores todavía me llegan si hago memoria, se guardan a buen recaudo, el aroma a flores, a pino y madera de aquellas horas de muerte. Los roces en la piel roja de soportar el peso de los restos los tengo tatuados para siempre. Los abrazos y las palmadas de la gente, los alientos cansados por la pesadumbre, la rabia y la ira. El sudor frio de la ansiedad y del miedo. El sol que quemaba. Cuando dejaba paso a otro amigo para que me relevara, tenía claro que no lo hacía por cansancio, ni ellos tampoco cuando a mí me tocaba.  Era el respeto, la oportunidad de poder sentir por última vez de alguna manera ese cuerpo. La ofrenda final, o la primera de muchas ofrendas.

 

Perdí el sentido del tiempo al llegar a la plaza y al empezar la misa, solo recuerdo que tardo horas en acabar el pésame a la familia y que llegamos al cementerio ya casi apagado el día.

 

La entrada fue brutal, en el campo santo se respira otra energía, no olvidare los últimos momentos, a Raul abrazado con todas sus fuerzas al féretro, imposible de ser separado de él por unos cuantos de nosotros.

 

Después todo es historia, volvimos a la Ermita a guardar el silencio y a abrir un espacio común que nunca se ha cerrado. Aquellos miles de segundos de muerte con los que podría alargar aún más el relato, dejaron paso a toda una vida de ausencia.

 

Han pasado 25 años y con la madurez creo que he cultivado bien esta ausencia. Que hemos cuidado cada uno a nuestra manera, pero todos de una u otra forma la ausencia de un tipo excepcional, de una persona buena, de un amigo fiel y de un fiel compañero.

 

No siempre las fechas son fijas, pero si hay fijos momentos. En cada celebración tenemos un ratito para brindar con él y para escuchar las canciones que le gustaban.

 

Cuando podemos vamos al cementerio a pasar unos minutos allí donde yace. Creo que tenemos que estar orgullosos, y yo de mí, lo estoy, de haber forjado una vida apartando el suspiro de la melancolía para dejar paso a la fuerza del poder de la ausencia y a sanarme interiormente con él.

 

Es complejo, es una contradicción, pero a mí me ha servido para vivir en paz con la vida. A veces le rezo al Cristo que sana, para que lo tenga a su lado, otras veces le rezo al Cristo de los ateos, como decía mi amigo Manolo Porrero (otro escudero fiel que se ha ido muy pronto, como José Luis y José Francisco el Abuelo). Cuantos amigos ya allí transitando por las grandes alamedas.

 

 

 

Septiembre de 2018.

 

 

He querido escribir estas líneas sin intención de abrir heridas, sin intención de molestar a nadie, pero teniendo claro que la mano de mi pluma, a mis 41 años ya no me tiembla. Así fue como yo viví aquellos días. Y al revivirlo y recrearlo, consigo no desconectar nunca con él. Me ayuda a andar camino, le pido consejo.

 

Los momentos no vividos también pasan, y lo importante que he aprendido es que el aquí y el ahora, la presencia plena en aquello que haces en cada momento, es la clave, aunque no ha sido fácil. Porque por desgracia después han venido más perdidas, aunque la de Julián fue la primera.

 

Hemos ido amortiguando el dolor con alcohol y canticos de guerra. Echo de menos todavía esas cañas y esos vinos, esos tiempos de confianza, de muchas palabras, de sueños, de templanza.

 

Algunos me han llegado a decir que lo mío y lo nuestro con Julián ha sido una “idealización”. Como no soy hombre de violencia, no he actuado violentamente con mis manos, pero como si soy hombre de palabra, les he contestado broncamente a la cara, sin acritud, pero sin miedo.

 

Y puede que sí, que hayamos idealizado a un amigo que perdimos en plena adolescencia, pero eso nos ha hecho más fuertes y mejores personas, no tengo duda.  Es su legado en nosotros, es su regalo al irse tan pronto.

 

PD:

 

Con cariño a toda la familia de Julian, en espacial a su madre Luisa. Mujer fuerte donde las haya.

Con aprecio a mis amigos y a quienes desde entonces se han ido integrando con nosotros (nuestras parejas, los hijos). Ellos y ellas que no lo conocieron, también le tienen un querer especial y un respeto grandísimo.

 

Por ultimo a toda la gente de bien que se acuerda de él en algún momento de sus días.